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El Sol y la Luna

         Hace ya mucho, mucho tiempo, más del que cualquiera de nosotros puede imaginar, el firmamento no era tal y como lo conocemos ahora. El Sol era bastante más pequeño y menos brillante que ahora. Su padre, el Cielo, era algo severo y gruñón. Muy a menudo se enredaba en discusiones y tormentas con todo el que pasaba por sus dominios. Su esposa, la Luz, era en cambio mucho más dulce y tranquila. Mimaba todo lo que podía al pequeño Sol. Ella tenía la ilusión de que un día su hijo se hiciera mayor y fuera el astro más hermoso y brillante de los que poblaban aquellas regiones. El Cielo y la Luz eran una pareja inseparable y puede decirse que muy felices. Tan sólo alguna que otra vez tuvieron alguna discusión por culpa del Rayo y la Centella, hermanos de la Luz y tíos, como es lógico, del pequeño Sol.

         Conforme fue creciendo, el Sol fue acercándose más a su padre. Le fascinaba su enorme tamaño y se maravillaba continuamente de su fuerza, su generosidad y su infinita sabiduría. Llegó incluso un tiempo en el que consultaba a su padre para cualquiera cosa que pensara hacer.

         -¡Papá! ¿puedo ir más allá de aquellas montañas? ¿Me dejas que lance mis rayos en ese desierto? ¿Puedo atravesar a esas nubes y asustarlas?

         Definitivamente, se estaba haciendo mayor, y su madre, la Luz, pensaba que pronto su pequeño tendría que tomar un rumbo propio y dejar de estar protegido en el hogar familiar.

         Un día el Sol, en uno de los largos paseos que acostumbraba a dar, se encontró a alguien que le llamó poderosamente la atención. Sintió un escalofrío especial, aunque él ya fuera todo un Sol, y pensó que podría ser eso el amor del que su padre alguna vez le había hablado. Se trataba de una hermosa chica, de nombre Luna, algo más joven que él. Su suave luz, su dulzura y su extraña delicadeza lo habían cautivado.

         -¿Será esto que estoy enamorado, mamá?

         -Hijo -le dijo su madre-, ya hacía algún tiempo que esperaba este momento. La respuesta que me pides sólo puedes encontrarla dentro de tu corazón. Nadie puede acertar o equivocarse por ti.

         El Sol pensó que su madre no le había contestado a su pregunta y que debía ser una decisión muy importante que tenía que tomar él solo.

         La Luna era una chica nacida de la Tierra y el Mar. Era algo tímida y vergonzosa, por eso no quería nunca separarse de su madre y andaba continuamente dando vueltas a su alrededor. Poco a poco también se había convertido en una chica muy elegante y hermosa. Le encantaba que los seres humanos se quedaran largo rato mirándola y disfrutaran de su suave luz, quizás a veces fuera algo presumida, pero nadie le ganaba en simpatía y dulzura.

         Sus encuentros con el Sol eran muy breves. Alguna que otra tarde o al amanecer se veían fugazmente. Aunque fuera poco tiempo para conocerse muy bien, igualmente ella supo muy pronto que se había enamorado del Sol. A su madre, la Tierra, se lo dijo con una total seguridad:

         -Mamá, ya sé que aún soy un poco joven, pero creo que he encontrado al amor de mi vida.

         Efectivamente, la palabra "amor" le venía un poco grande. Puede que a nuestra celestial pareja le faltara algo de madurez para tomar esa decisión tan seria. La juventud a veces se precipita cuando se trata de valorar los sentimientos.

         Como todos estáis ya suponiendo, los preparativos para la boda no se retrasaron mucho. El feliz enlace se dispuso para ese mágico día en que la Tierra se inclina más hacia el Sol, justo cuando comienza el verano, cuando los niños de ahora comienzan sus más esperadas y largas vacaciones.

         Fue una ceremonia hermosa (los seres humanos, tan bobos como siempre, pensaron que sólo era un eclipse de Sol). Había invitados de ambas familias y algunos vinieron de los lugares más lejanos del Universo: las montañas, los luceros, los ríos, el viento, los nubarrones, muchos planetas con sus pequeños satélites, la Estrella de la Mañana... ¿Para qué seguir? Fueron muchos los invitados y todos iban vestidos con sus mejores galas. La novia montada en el carro de la Osa Mayor brilló radiante aquella noche.

         Durante algún tiempo la pareja se sentía muy feliz. Era como si los dos pasearan montados en una nube. No tardaron mucho en nacer algunas estrellitas que, como todos los bebés, reclamaban continuamente la atención y el cariño de sus padres. Es verdad que el Sol tenía mucho trabajo y era la Luna la que más se ocupaba de sus pequeñas estrellas.

         No duró mucho el entusiasmo y la felicidad del primer momento. A veces el Sol se perdía con los negros nubarrones y la Luna se enfadaba porque pasaba poco tiempo en casa. Cuando el Sol pasaba mucho tiempo en el cielo, y la pareja estaba por lo tanto más feliz, eran los seres humanos los que se quejaban y protestaban porque no podían soportar el calor que sus rayos esparcían sobre la Tierra. En otras ocasiones, era el Sol el que se quejaba a su mujer:

         -Eres muy variable, tan pronto te veo alegre y radiante como triste y ojerosa. Me gustaría que fueras más estable y no tener que esperar a ver cómo apareces cada noche.

         Las discusiones aumentaban. Unas veces por culpa de uno, otras veces por la del otro. Incluso las tormentas, los rayos y los vientos huracanados eran motivo de frecuentes peleas entre la pareja. Las pequeñas estrellas sufrían mucho en ese ambiente y se notaba, sobre todo porque brillaban menos que el resto de estrellas y luceros del firmamento.

         Por consejo del sabio Cielo, decidieron probar soluciones de todo tipo. Hasta llegaron a estar algún tiempo siempre juntos en el cielo, día y noche. Pasar más tiempo juntos tampoco arreglaba nada. Incluso los seres humanos protestaron de nuevo enérgicamente porque siempre estaban el Sol y la Luna en el cielo:

         -¡Así es imposible dormir! -decían unos.

         -¡Hace un calor inaguantable, no podemos vivir de esta forma! -gritaban otros.

         El Sol decía que tenía que cumplir con su trabajo y la Luna también se quejaba de que se sentía agobiada con tenerlo siempre al lado:

         -¡Nunca dejas que yo brille cuando estás a mi lado! ¡Lo que pretendes es que nadie me admire ni me valore! -le dijo en una ocasión.

         La situación se hizo insostenible, algo había que hacer. Los abuelos, el Cielo, la Luz, la Tierra y el Mar no querían entrometerse porque sus consejos podrían ser malinterpretados. Tampoco las pequeñas estrellas querían intervenir en las cosas de los mayores, sin embargo era evidente que cada vez brillaban menos y sufrían más...

         ¿Cuál sería la mejor solución?

         A. C. C.

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